El Lavado del Cuerpo de Cristo: Una Reflexión Devota

Recién han bajado los maderos a tierra y el lugar ya se ha vuelto santo. Tu sangre ha sido derramada en él y hasta el polvo y las rocas se han quedado enmudecidos por tanta injusticia, tanta entrega, tanto dolor.

Los hombres han soltado los clavos con estruendos macabros y nos han entregado el cuerpo donde tu habitaste. La roca de purificación es grande, una loza de mármol rosa, gris y blanca donde tu porte cabe sin objeción.

Cada uno de los testigos de este macabro rito de salvación, hemos traído pequeñas esponjas de lino y algodón. Es tu madre la que nos alienta y con señas nos indica qué hacer. Ella y algunas mujeres se encargarán de tu rostro convertido en una máscara macabra.

Otros ya comienzan a tomar tu tronco y los brazos convertidos en hilachas de piel despedazadas por perros rabiosos. Intento fijar mi vista en cada pedazo que debo lavar. Tomo mi esponja como ofrenda y me dispongo a partir con tu pierna derecha.

La unto en hierbas y hago el primer recorrido por el tejido de lo que fue un músculo. Pero algo raro me sucede; no más tocar tu cuerpo santo, mi espíritu se escapa contigo y comienzo a revivir toda la maravilla que vivimos juntos.

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Mientras el líquido purpúreo va corriendo por la loza y por mis manos, volvemos a Nazaret. Un nuevo vaciado macabro de mi esponja, me lleva a Galilea. El llanto de las mujeres me vuelve a aquí. Miro horrorizada lo que los clavos de fierro hicieron en tus tobillos y me uno silenciosamente a su pesar.

Respiro sin oxigenarme, porque tu muerte me ahoga hasta las entrañas, sin embargo me animo al ver el rostro tranquilo de tu madre, María. Dios mío cómo tanta fortaleza y paz al contemplar a su niño, al hombre convertido en una víctima y sacrificio animal.

Así recobro la fuerza y vuelvo a tocarte con tierna devoción; tengo en mis manos las ofrendas del hijo del hombre que me han dejado para purificar. Tus piernas duermen a la intemperie, se descansan en el mar, se alimentan de peces, de aves y de los regalos que te vienen a entregar.

Pero sólo los dos juntos subimos a la montaña cuando quieres orar; ahí nadie nos sigue y puedes estar en paz. Tu alma se te escapa del cuerpo y te vas a otro lugar.

No puedo seguirte, no puedo escuchar, pero sé que hablas con tu padre/madre que te viene a acunar. Lo sé por la energía que irradia de tu cuerpo, el que apenas me atrevo a mirar.

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Pero nuevos gritos de horror me traen de vuelta; han visto tu pecho perforado y algunos no se logran aguantar. Yo sigo con mi tarea, sin mirar, ya que tu pierna derecha, perforada y desollada a latigazos, ya logro visualizar.

Con tu tobillo en mis manos siento cada uno de tus pasos palpitar; viene a mi cuando elegiste a tus discípulos y cuando calmaste la tempestad; recuerdo la resurrección de Lázaro y el lavado de perfume de la mujer arrepentida; siento el baile en Caná y los peldaños del templo cuando aún eras bien recibido al entrar; siento cómo vibran con tu risa y cuánto se te acercaban los niños para conversar.

Ellos jugaban con tus sandalias y tu las volvías a amarrar. Tus dedos no los reconozco y por eso cierro los ojos para limpiar; parecen pequeños trocitos de madera machacados; tan lejanos a los dedos largos y llenos de carácter que recuerdo sin cesar.

Tu pie era majestuoso, su estampa jamás la podré olvidar. Ni tan grande ni pequeño, pero lleno de autoridad al andar. Los recuerdo subiendo a la montura sencilla de un burro o jugando con los jóvenes del lugar. Estremecida por el viaje al que me has llevado, dejo tu pierna y tu pie derecho sobre la loza de roca que parece abrirse con ternura para ti.

Ya no cae más sangre de ella; la he limpiado cuidadosamente y la tarea aparentemente acaba aquí. La pongo como si fuera mi hijo, desgarrándome por dentro en el peor parto que puedo imaginar. Parto recogiendo la otra pierna y lo pongo sobre mi regazo.

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La recuerdo ahora soportando todo el peso de tu cuerpo en la cruz y veo que el esfuerzo sobrehumano quedó marcado en cada fibra de tu carne. Ni siquiera las costras recién secas de las múltiples heridas logran esconder las horas de suplicio, la agonía para poder inspirar aunque fuera un segundo más de vida.

Trato de acunarla en el vano intento de sanarla, de revivirla, de volver a tenerla tibia junto a mí. Cuántas horas lloré pegada a ella, cuando aún estabas con vida y me mirabas con tanta ternura, con tanto amor.

Recuerdo tus ojos hinchados en sangre, apenas abiertos, cabizbajos de dolor. Tu piel era efectivamente del color del ocaso. Como la arena del desierto, llena de brillo, de un tostado maravilloso que revelaba tus jornadas de trabajo, tu peregrinaje por Palestina, tus oraciones al ponerse el sol.

Me gustaba tanto cuando se enrojecían tus mejillas, parecías un niño de oro con dos estrellas turquesas increíbles emergiendo de tu rostro. Tus tobillos eran fuertes y enérgicos; los recuerdo moverse furiosos en el templo sacando todo lo impuro, lo corrupto, la estupidez humana…todo volaba en ese lugar.

Yo me escondí detrás de los pilares de piedra que fueron testigos conmigo de la furia de Dios. Tus tobillos son los mismos que ahora están sin vida en mis manos y de los que no me puedo desprender.

Recuerdo todas esas horas en que hasta el cielo se nubló y la lluvia cayó, que aunque sabía que era inútil, no paré de acariciarte y traspasarte todo mi amor. Anhelaba regalarte aunque fuese un poco de delicadeza y cuidado ante tanta bestialidad y rudeza.

Lo mismo hago ahora cuando ya no me queda ni una pizca de esperanza en mi ser; tu santa sangre aún degusto en mi boca y aborrezco al hombre que tanto daño te pudo hacer. Tu pierna izquierda se ha vuelto piedra en mí. Ni siquiera mis lágrimas logran limpiarla y el aliento de muerte queda grabado en mí.

Parto por la pantorrilla que tantas veces descansé con ungüentos y aromas. Cómo olvidar cuando ya anocheciendo regresabas cansado del campo o cuando las muchedumbres te obligaban a estar de pie. Al primer enjuague veo tu ascenso al monte; los olivos están silenciosos y asustados igual que tú.

Amarras tu sandalia para que no moleste y te hincas casi sin aliento, casi sin fe. Tu pie se une con la tierra y ella trata de aferrarse a él. Pero vienen los siervos rabiosos, los enviados de la venganza, que te arrastran sin piedad y sin ley.

Todo lo contempla el maligno que celebra su triunfo orgulloso. El cree que concreta su venganza y que te ha vencido al fin. Tu pie es llevado a tirones por los peldaños que atraviesan los muros de la ciudad que te verá perecer. Son altos y empinados, están fríos y solitarios, pero resuenan llenos de ecos de miedo cuando pasas por él.

Al intentar limpiar tus tobillos, una vez más el dolor me atraviesa y una lanza se me clava en el corazón. Veo las marcas de los gruesos grilletes que te atraparon como a una bestia y las pesadas cadenas que te entramparon el andar.

Las busco desesperadas en los calabozos del palacio de Caifás, pero sólo veo el trazo espeluznante de tu sangre marcada en ese piso blanco de piedra mientras te llevan a ese cubículo frío y oscuro que se cargó para siempre con tu ser.

Tus piernas se doblaron en esta tu última noche; se agarrotaron de cansancio, se adormecieron de dolor. Un balde de agua fría y sucia te mojó al amanecer. De la casa de Caifás te seguí donde Pilatos y su terrible juicio escuché.

Una vez más me fijé en tus pies descalzos atados y por tus sandalias pregunté y es que ingenuamente quería aliviarte el sufrimiento de caminar así por las calles de Jerusalén. La misma pierna a la que ahora intento sacarle el granate, fue la que te sostuvo en tierra durante el flagelo del látigo, la corona, la burla y la estupidez.

Estoica recibió cada ataque mientras saltaba carne de tu ser. Seguí tu camino paso a paso, tembloroso y cansado subiendo al Gólgota; apenas levantabas ya la cabeza; una maraña de espinas, cabellos y moretones.

Cada piedra del camino con el peso del madero se clavó aún más fuerte en tus adoloridos pies. Ya todos están que terminan la triste tarea de volver a ponerte bien y yo ya llegó en este momento a limpiar la planta de tus hermosos pies.

Cuánto suplicio te habita, cuánta sangre maltratada recorrió tu ser, cuanta célula convertida en masa informe, cuánta venganza transita por doquier. ¿Dónde quedaron tus sandalias Jesús? ¿quién se las llevó? ¿o quedaron tiradas en la calle como un resto viejo e irreconocible del hijo de Dios?.

Quisiera ahora calzártelas junto a tu vestido de lino blanco jaspeado de tonos azulosos y beige. En sollozos entregó tus piernas para el entierro; parece que ha llegado el fin.

Va tu madre delante de todos y veo sus lagrimas caer sobre ti. Era imposible que se resistiera tanto al ver tu cuerpo así. El lino con que te han envuelto cubre las marcas y la humillación vivida, ocultando la barbarie y la locura de la cruz.

Los hombres alzan tu cuerpo santo sin fuerzas y sin porvenir. Sus rostros sólo miran al suelo; yacen derrotados junto a ti. Y es ahora que te elevan como en una procesión, entre medio de esos géneros santos, que vuelvo a ver tu silueta, tu estampa, tu figura de rey.

Sólo pareces dormido, como en la barca, como en el campo, como en el Monte Sinaí. Te imagino que te levantas como la niña de Jairo, como Lázaro y cómo tantos que vi.

Perdóname Jesús mío porque yo también estuve ahí. Fui cómplice de la locura y a tu muerte y sangre contribuí. Sólo quise redimir mi falta, volver a tomar tus pies heridos y ofrecerte arrepentida mi amor.

Imaginemos que nuestro ser se asemeja a un gran cuenco metálico, de forma única y singular por donde sopla el Espíritu Santo y nos hace aportar -con nuestra disposición- de un tono y melodía a la humanidad. Sin embargo, hay algunos cuya vida les da golpes tan fuertes a su dimensión corporal -y por ende impacta a todas las demás- que el espíritu queda realmente casi con pérdida total.

Vistos desde adentro -por los ojos del Señor- lo que antes era una ánfora perfecta y reluciente -por responsabilidades humanas- adquiere abolladuras tan profundas y hendiduras tan grandes, que todo el amor que Dios le prodiga, se pierde entre las grietas. Una inmensa mayoría de estas almas heridas, transitan como carrocerías post colisión múltiple y sobreviven y mueren finalmente sin conocer el verdadero amor y la plenitud de su misión.

Estas almas sí tienen una oportunidad si se dejan conducir y llevar nuevamente por el espíritu santo, su bondad y humildad. Ya en el lugar y como todo metal fino, Dios desde muy adentro comienza el trabajo del orfebre. Para ello lo primero que hace es templar el corazón (corazones anestesiados y fríos son los más propensos a quebrarse y/o a congelarse definitivamente).

Tiene que ser a una temperatura que todo lo ablande y pueda fluir, pero sin quemar todo, porque o sino el cuenco y la persona acabarán ardiendo en la eternidad. Como este arte es de alta complejidad, siempre el Señor pide ayuda de un externo que haga las veces de aprendiz en el arte de tallar. El alma que está siendo reparada desde adentro y contenida por fuera, se desconoce a si misma y no sabe cómo actuar.

Sabe ciertamente que no puede quemar al ayudante, porque sería injusto y triste además. Así sólo la iniciación en la certeza de ser amado, puede al cuenco permitirle recobrar su identidad. Aunque le sea misterioso el porqué y el cómo, Dios está intercediendo fuertemente en su recuperación e integración total. Este mismo descubrimiento lo llena de luz, de gozo y de una preciosa filialidad.

El cántaro tan dañado que jamás se sintió digno de amor, ahora brilla de contento y explota de ansias en el amar. Los abollones del alma serán de ahora en adelante sólo trofeos de una guerra que Dios ganó.

Que nadie nunca más lo haga callar porque ya se supo digno de todo el amor y divina majestad. El cuenco roto y golpeado se ha reparado a punta de amor intenso que lo ha hecho brillar.

Por favor, no cabe sentirse culpable si de misteriosa forma Dios la vino a reparar. También fue inesperado el asalto del abuso y de la maldad. Me rindo a los pies del amado porque siento que mi espíritu ya está en proceso de rehabilitación. Gracias por todo lo donado y por el don de amar a otras almas abolladas como yo.

Estudio Bíblico | Jesús lava los pies a sus discípulos - REFLEXIÓN

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